Ho perso il conto dei giorni che qui a Perugia si galleggia nella nebbia, un angolo di cielo è un'utopia considerando che faccio fatica a distinguere il palazzo di fronte al mio! Perdonerete, quindi, quest'uso personale ed autoreferenziale del blog, ma ho bisogno di un'esplosione di colore che qui, s'è capito, tarderà a manifestarsi...
Si tratta dello spettacolo degli eccellenti ballerini "Al Tanura" di cui propongo, in particolare, il momento finale: protagonista indiscusso, questo formidabile ballerino che ha girato molto velocemente su stesso per più di un quarto d'ora sulle note di una melodia ritmata e travolgente, maneggiando abilmente le gonne del suo costume e quell'oggetto circolare che a me ha fatto pensare a quel vecchio setaccio che avevamo a casa, del quale mi sembra ancora di sentire il profumo di vaniglia. Non so se fosse davvero così grande, ma io lo ricordo coi miei occhi di bambina in ginocchio sulla sedia a guardare, incantata, impastare i dolci.
E' un peccato che queste immagini non abbiano catturato il fruscìo di quelle gonne e il sorriso, direi ascetico, di quel ballerino dalla vita così sottile che avrebbe potuto infilarsi i pantaloni di un bambino.





Di seguito riporto l'articolo che "EL MUNDO" ha dedicato loro lo scorso anno, in occasione di un'esibizione al teatro Albéniz di Madrid:
DE LA TIERRA AL CIELO
di ALVARO FEITO
MADRID.- Con su exhuberancia colorista y rítmica, los Derviches danzantes de El Cairo se muestran muy alejados de la sobriedad y el misticismo estrictos de sus coetáneos de Konya y Turquía, los principales valedores de la expresión artística (música, danza, escenografía, vestuario) surgida de la corriente filosófica islamista del sufismo.
Es una doctrina que alienta el contacto con la divinidad suprema a través de la experiencia personal y colectiva del trance. Cargada de simbolismos y de referencias a la tradición que surgió en el siglo XIV, la danza circular y ensimismada de los derviches egipcios contiene elementos de sensualidad y de brillantez formal, muy cercanos en ocasiones al malabarismo circense.
Un bailarín central, vestido con tres tanuras o faldas de chirriantes y geométricos colores, simboliza al sol en su devenir eterno como fuente y médula de toda energía. Otros danzantes giran alrededor de él, como si de un sistema planetario se tratase. Mientras tanto, los tars (tambores) marcan un ritmo insistente y a veces frenético, una pulsión cósmica que invita también al éxtasis.
El canto implorante de un sheik, con sus invocaciones constantes a Alá, formulan el contrapunto de la voz humana en medio de tanta elevación mística. El derviche mantiene siempre el contacto con la tierra, por más que sus brazos se eleven al cielo en busca de la comunicación espiritual definitiva.
Deslumbrantes, virtuosos y disciplinados, los 30 músicos y bailarines en escena (y en el patio de butacas) consiguieron también, en sus tres conciertos madrileños, otro tipo de comunicación: el público asistente se entregó sin reservas a un clímax final desbordante de complicidad, simpatía mutua y aceptación de lo ajeno.